
La envidia es una de los pecados capitales, sino el único, que hace sufrir mucho. La soberbia se lo pasa bien, despreciando a todo el mundo. La avaricia atesorando, la lujuria no digamos, la ira, si se puede declarar, es un alivio, sea justa o no. La pereza es algo estupendo. Pero la envidia no tiene ninguna ventaja. Yo he conocido a muchas personas envidiosas. La envidia hace mucho daño. De ella salen calumnias, trapacerías, traiciones, y mil jugarretas de las que no te enteras y te hacen la vida amarga, que es lo que busca el envidioso. Yo he comprobado por mí misma, que he sido y soy muy envidiada, que lo que no se perdona, sobre todo, es que seas feliz. Esto pone amarilla a la gente, desata lo peor de nuestro interior. La vida moderna y la sociedad capitalista reposan sobre la envidia y la competencia, que vienen a ser muy parecidas. Esos anuncios que te dicen: "Compre usted la lavadora tal, que ya verá qué envidia despierta en su vecina", eso es verdad. Yo tengo una vecina, que gracias a Dios ahora vive casi siempre en Porto Colom y solo viene al piso al lado del nuestro una vez de uvas a peras, que ésta, y podía hacerlo porque tenía mucho dinero, si sabia que otra del vecindario había comprado una cocina más moderna, un aspirador más grande y mejor, no vivía hasta que ella tenía otro más caro y más grande. Además, me lo contaba tan fresca y yo alucinaba. Me decía que por qué no cambiaba de mi casa esto o lo otro, y yo contestaba que por qué, si me funcionaban bien, o les tenía cariño. Ella era la presa ideal para la sociedad de consumo, que le interesa fomentar este asqueroso sentimiento que tanto hace padecer a quien lo tiene. Son despreciables, unos y otros.
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