Palma, 7 de marzo de 2005
Hoy hace un día horrible, viento lluvia y frío. Solo se nota la primavera en que los días son un poco más largos. He venido aquí, a escribir, sin ganas, porque me estaba empezando una depresión. Yo me lo noto, es algo que te sube por dentro, que te angustia y da una pena horrorosa. La unica forma de combatirla, además de las pastillas, es escribiendo. Hoy contaré mi viaje a Rusia. Además, dado el mal tiempo reinante, estoy muy ambientada.
Pero aquello es terrible. Si me pierdo, que no me busquen allí. Con zares, bolcheviques o putines, es un lugar espantoso para vivir. ¡Qué clima!. Así son ellos, los rusos. , que todos están medio chiflados. Y es que mi padre tiene una frase magistral para retratarlos. Dice que un ruso es un tío que te pega un tiro y luego se echa a llorar. Son violentos, amargados, tiernos, dulces, imprevisibles, bárbaros. Y las mujeres son aún peores. Dicen que los rusos están dominados por sus mujeres, y es verdad. Debe ser que les han pasado por aquellas estepas tantas hordas varias que ya están hechas a todo, y son más duras que el granito. Tienen una dureza en la expresión que no he visto en otras mujeres. Ellos son todos unos borrachos. Además, beben no para pasarlo bien con los amigos, como los latinos, sino para evadirse. Beben para emborracharse. Yo he visto a un chico en un bar de Moscú beber y beber vodka sin parar hasta acabar debajo de la mesa, más solo que la una. Otra cosa a la que son muy aficionados es ir a coger bayas al bosque, que tienen gran variedad, no como aquí, que solo hay moras. Allí hay bayas y osos. A los rusos les gusta la naturaleza, y saben convivir con ella. Yo no. Pero empezaré desde el principio, porque si no esto va a ser un merdé.
Yo estuve un mes en Rusia, entre Moscú y Leningrado, hace ya muchos años, antes de la perestroika y que nada. Cuando Rusia era Rusia, y no este burdel de mafiosos en que se ha convertido ahora. Yo pude ir porque mi profe de ruso, que era uno de los llamados “niños de la guerra“, me hizo pasar por su sobrina, y fuí en una expedición de estos “niños“, que eran ya todos unos viejales. Pero muy simpáticos. Casi todos eran del norte, de Baracaldo, Bilbao, y alguno de Valencia. Ellos, al verme rubia, se creían que era rusa, y que Viviana, mi profe, me había adoptado cuando vivió allí, prácticamente toda su vida. Ella salió en un barco con otros muchos niños huyendo de la guerra de España, rumbo al mar del Norte. Entraron por allí. Los habían separado de sus padres, pero cuenta todo esto que le pasó como una aventura divertida. Iban niños solos, pero lo pasó pipa. El barco daba unos bandazos terribles y ellos iban de una parte a otra, riendo. Pasaron hambre, y tenían piojos, pero no le dieron importancia.. De Leningrado los llevaron a Moscú. Allí los metieron en una dacha, que es como llaman allí a las casas señoriales campestres de los nobles. Estaba vacía, claro, y ellos la llenaron y la arrasaron en pocos días. Fué como si hubiera pasado un huracán. No quedó nada del esplendor perdido.Pasaban mucha hambre, y como los alemanes se acercaban, los llevaron hacia el este, a Samarcanda. Allí estaba todo el ejército polaco acuartelado. Todo esto es verdad, me lo ha contado ella, lo sé de primera mano., Se pasaba hambre, pero no había guerra. Cuenta que en el camino hacia allí iba con un abriguito de lana con una temperatura de más de 30 bajo cero, y que se bajaron del tren en una estación otra niña y ella, y si no llega a ser por un funcionario de la estación el tren se va en plena taiga y las deja allí pajaritos. No comprendo cómo no cogio una pulmonía u otra cosa, pero los vascos son fuertes.Pero luego le ha salido todo.
Cuando terminó la guerra volvieron a Moscú. Ya estaban todos escolarizados y sabían leer y escribir perfectamente el ruso. Allí cursó estudios de ingeniería industrial, como el que después fu´´e su marido, un señor muy simpático, que estuvo muchos años al frente de un gulag. Yo le conozco . Está muy mal de salud, tiene una extraña enfermedad en los intestinos, de nacimiento. Pero es muy sufrido. El alto, delgado y tiene el pelo blanco y rizado, como mi padre, aunque es más joven. Pero ya no es un chaval. Vivían en Moscú, estupendamente, tenían un hijo y una hija, y de pronto a él, que nació en Valencia, le dió la ventolera de que quería venirse a morir a España. Ella no .Al poco tiempo de estar aquí, al hijo, Sergio, que le metieron en La Salle y se las hicieron pasar canutas, alumnos y profesores, insultándole y llamándole “el ruso” y otras cosas, él, que estaba acostumbrado a sus compañeros sovieticos, al entrar en la adolescencia se puso enfermo, se volvió esquizofrénico. Se encerraba a leer libros de Tolstoi, Dostoyevski, Gogol, todos los clásicos rusos se había leído a los 15 años. Luego le dió por el ocultismo. Se puso cada vez peor, y a veces desaparecia durante un dia o dos y sus padres lo pasaban fatal. Llegó a ser peligroso, porque decía que veia al diablo en los ojos de algunas personas, y se tiraba a por ellas. La madre, como tenía contacto en Cuba (los que me dieron las obras completas de Lenin que tuve que traer aquí pagando exceso de equipaje),. pues esa buena gente le consiguió una plaza en un psiquiátrico de La Habana. Los psiquiátricos cubanos están considerados entre los mejores del mundo. Ella iba cada año a hacerle una visita. Cuando yo fuí me dió unos zapatones enormes y algo de ropa para é.l. Estas dos mujeres españolas que vivían en la Habana eran su contacto, y las pobres los domingos lo sacaban a pasear a que se ventilase. Eso es amistad y lo demás son cuentos. Estas mujeres estaban descontentas de Fidel, pero prefirieron quedarse en Cuba. a volver a España. En el psiquiátrico en el que estaba habia muchos chicos sandinistas que estaban allí por heridas de guerra y neurosis de combate, y se lo pasaba bien, pues tenía amigos y además jugaba muy bien al ajedrez, (claro, se había criado en Rusia) y tenía amigos para entretenerse. Murió hace unos años, en una operación. Su hígado no resistió la medicación tan fuerte que tenía que tomar.
Yo siempre creeré que a este chico, si le hubieran dejado en Rusia, no se hubiese vuelto loco. Yo creo que las personas somos como las plantas. Yo que conozco algo de eso, sé que nunca hay que transplantar una planta cuando está en pleno crecimiento, es matarla. Hay que hacerlo acabadita de nacer, y si se muere se muere, y si no, es muy fuerte, o cuando ya son adultas. Creo que con las personas sucede igual. A mí me trajeron de Zaragoza a los tres años y también me sentó fatal. Yo allí era una niña fuerte y alegre que no se resfriaba nunca, y trasplantarme a Mallorca y empezar a coger cosas y a debilitarme fué todo uno.
La hija, Victoria, era más de armas tomar. La metieron en las Teresianas, pero tenía un carácter más combativo y lo superó mejor. El chico era más soñador y vulnerable, y aquí lo destrozaron.
Ella está muy mal de salud, y es por la enfermedad de Sergio, el hijo. Tiene todo averiado. Circulación, corazón, estómago, etc... Y siempre había sido muy alegre y animosa, pero desde hace un par de años, sin motivo, le empezaron unas fuertes depresiones que no se puede sacar de encima. Pero por lo menos ha tenido una vida interesante y aventurera.Yo en esto la envidio.A su edad, cuando estaba en Samarkanda, yo estaba en las Teresianas, que no se parece en nada...
Pues partimos de Madrid hacia Moscú a finales de septiembre de no me acuerdo que año en un avión de la Aeroflot que habían puesto especialmente para nosotros.Mi profe y yo ibamos en los asientos traseros. Al poco de despegar el avión, vimos que las azafatas y aeromozos estaban en los asientos traseros completamente borrachos , repletos de vodka. No nos hicieron ningún caso durante todo el viaje. Yo no sé cómo estaría el piloto, me dije mejor no pensar en ello.
Pero llegamos triunfalmente y aterrizamos dando un saltito en el aeropuerto de Chieriemietievo, que es el de Moscú. Nos bajamos, y fuimos a la terminal. Estaba bien, pero lo que me llamó más la atención es que, en un país tan frío y oscuro, estaba totalmente decorada en negro, lo que hacía un efecto extraño, como si estuviesemos en una boîte gigantesca. No había nadie más que nosotros. Vinieron unos españoles encargados de pastorearnos a recogernos, y algunos rusos. Nos subieron a un autobús. Los bravos bolcheviques de nuestro grupo eran casi todos de pueblo, y aunque encantadores, más brutos que un arado. Asaltaron el bus como si en ello les fuera la vida, ante los ruegos inaudibles de los rusos de acogida. Aquello fué tremendo. Tuve que subir con dos maletones al bus saltando por encima de tios con boina y señoras llorosas por estar de nuevo en la tierra rusa.
No nos trataron como a turistas, porque no lo éramos. De nuestra estancia, dado que éramos “ex-niños”, se ocupó el Komsomol, y nos metieron en un gigantesco complejo hotelero de varios rascacielos de color azul celeste a las afueras de Moscú,.
En la calle ya hacía por aquellas fechas un frío espantoso, yo recuerdo que llevaba dos jerseys, una bufanda por dentro y otra por fuera de una trenka, pantalones vaqueros, botas de montaña ,guantes, y aún así no me sobraba nada. Y eso que solo era el otoño. ¡Madre mía!
Pero hay que reconocer que los rusos ya se conocen muy bien su clima, y los edificios están perfectamente acondicionados para el frío. Ponen tan bien la calefacción que ni se nota, hace un clima ideal, no como en España que o te asas o te hielas. Allí se podía estar a cuerpo, con jersey y pantalones, en una de aquellas enormes entradas o halls o comosellamen y se estaba de maravilla. No había corrientes. Además, todas las ventanas son dobles, y no pasa ni un soplito de viento.
Moscú es enorme. Tiene una extensión como la isla de Mallorca, y nuestro hotel estaba en las afueras, pero por un misero kopek podías ir hasta la Plaza Roja o hasta donde te diera la gana. Yo nunca pagaba en los buses.Los rusos estaban tan disciplinados que hacían cola para meter su moneda en el kopekero, pero yo siempre me escaqueaba y nadie se daba cuenta. Habían buen servicio de autobuses a la puerta del hotel, y podías ir a cualquier parte sin temor, pues no había peligro de ladrones, violaciones ni asaltos de ningún tipo. Ahora ya no es igual. Pero cuando ibamos de excursión, y nos llevaban a ver monumentos y lugares adonde no se lleva a los turistas, como al Museo de la Revolución, a ver la momia de Lenin y a sitios oficiales, ibamos en un autobús, bien custodiados por la Policía,por delante y por detrás .. Supongo que estábamos tan vigilados para que no se le ocurriera a alguno de aquellos nostálgios desaparecer y crear un incidente diplomático. Porque vigilados lo estábamos, y mucho. Yo recuerdo que cuando entraba en mi habitación, siempre al cabo de unos minutos sonaba el teléfono, y colgaban sin decir nada. Yo me cabreé y una de esas veces le solté al misterioso interlocutor todos los tacos y las obscenidades que se en ruso, y desde entonces las llamadas cesaron. Qué curioso.
El hotel, como era del Komsomol, estaba lleno de jóvenes provinientes de todas las Repúblicas de la antigua Union Soviética. Nuestro bloque estaba lleno de tártaros, que iban vestidos de tártaros.No es mentira, no. Iban con sus trajes regionales y quedaba precioso verles subir por las escaleras despreciando los ascensores, tan jóvenes y guapos ellos. Lo malo es que nos trajeron una plaga de chinches, y a los pocos días todas las habitaciones estaban infectadas. Yo noté con sorpresa que la habitación que compartía con una compañera, Nadia Posdniakova, y de la cual después hablaré, no tenía cerrojo ni llave. Yo se lo dije a la gobernanta de la planta, y me dijo que allí no había ladrones. A mí no me hizo mucha gracia, pero la verdad es que no me quitaron nada. La gobernanta era una mujer de un tipo que solo lo he visto es Rusia. Era una campesina muy dulce, pero con aspecto de Quasimopdo. Era feísima, con bigote y un poco de barba, pero era una mujer. Alta y enorme como una torre. Creo que se llaman viragos. Esto lo da el clima. Pero no era lesbiana, era una mujer, pero siberiana. Allí, con el frío, hasta los gorriones eran robustos, gordos y rechonchos. Y eran gorriones, pero hechos al clima. Por eso pueden (los gorriones no) beber tanto vodka sin morirse. Solo se `podía beber durante unas cinco horas al día (ahora ya habrá cambiado) y se lanzaban todos a por la botella.
A mí, al principio, me pudieron en una habitación con una madre y una hija de un pueblo de Bilbao que eran unas catetas. Con decir que la chica no usaba compresas higiénicas, sino que se ponía algodón...Yo cuando me acuesto me aclaro la garganta un rato antes porque tengo siempre este poquito de bronquitis, y ellas se pensaron que estaba tisica. Protestaron y me cambiaron a otra habitación con Nadia, que era una chica encantadora, de madre rusa y padre español. Era secretaria de un empresario de Bilbao, y ganaba un pastón. Pero iba vestida muy sencillamente y era gorda. Tenía la cara bonita y era muy simpática y buena persona. Fue una delicia estar ese mes en la misma habitación.
Como los organizadores del viaje sentimental en España hicieron un enjuague y se quedaron con parte del dinero destinado a nuestra comida, pasábamos bastante hambre. Hubo acaloradas discusiones, y los rusos se hicieron cargo de la situación. Los españoles afincados all´i les pusieron al corriente de la picaresca nacional y los moscovitas estaban que alucinaban. Les dimos tanta pena que comimos todo el mes de caridad, pero ya se sabe que cuando se come así, se come poco. Té sí que bebíamos a litros. Era muy fuerte y muy bueno, diferente del que estamos acostumbrados aquí y del té moruno. Es casi negro y quita el sueño. Yo notaba que por las noches no dormía, o sólo estaba como en un duermevela, y enseguida me dí cuenta de que era de beber tanto té. Decidí no hacerlo más que en el desayuno, que ese sí que era abundante, y había que aprovechar, porque el resto del día apenas comíamos. Nos ponían una especie de tortilla parecida a una quiche pero sin la parte dura, que estaba buenísima, a discreción. Pescado ahumado estupendo, que allí no vale nada, hay mucho, .Tostadas, una mantequilla estupenda y kefir.Nos poníamos a reventar, porque de estas cosas no escatimaban. Le che no había. Solo kefir. Pero me daba igual. Nadia y yo nos compramos en la famosa calle Arbat tres kilos de caramelos de chocolate llamados Ladochka, que quiere decir golondrina, y que estaban muy buenos. Por las tardes, cuando ya teníamos el desayuno en los pies, nos poníamos a comer caramelos como descosidas, mientras hablábamos mal de nuestras madres respectivas. Nos hicimos muy amigas, y ella al volver me siguió escribiendo. Hizo un viaje a Grecia y se enamoró de un griego, un muerto de hambre, pero se enamoró locamente. Me escribió preguntándome qué creía yo que debía hacer. Si seguir en Bilbao con su estupendo trabajo y muerta de asco o irse a la aventura a Grecia con su amor. Yo le contesté que no era quien para aconsejarla en asunto tan delicado, y del que dependía toda su vida, pero le dije que yo tenía por lema en esta vida que cuando se tiene ganas de hacer algo hay que hacerlo, pues más vale arrepentirse de lo que se ha hecho que tener resquemor por lo que no se osó hacer. Como dicen los franceses, mieux vaut avoir des regrets que des remords. Así se lo dije, y me hizo caso. Me dijo que podrían pasar años, pero yo un día tendría noticias de ella. Todavía no ha ocurrido ni sé que tal le debió ir. Quizás algún día reciba una sorpresa, pero me temo que no.
Pues siguiendo con nuestra hambre , un día, cuando era la hora de la bebida, me convidó a caviar y vodka, y nos pusimos moradas. Yo no recuerdo cómo, pero la correspondí. Me `parece que le regalé algo, porque no pudimos repetir la hazaña. Debía ser la KGB que pensaba que ya habíamos tenido bastante juerga.
Visitamos el Kremlin, que es una preciosidad. Es una ciudad dentro de Moscú. Allí hay unas cuantas catedrales con unos mosaicos y unos iconos maravillosos. Entonces estaaban c onvertidos en museos, pero conservaban su aparienc ia de iglesias. Recuerdo que uno de aquellos tarugos, al ver aquellas maravillas, se puso a blasfemar. Es aquello de las perlas a los cerdos.
También visitamos el Museo de La Revolución, que me parece que lo han desmontado. Había unos enormes cuadros pintados muy realistas, de escenas de la vida de Lenin. Lenin arengando a los obreros de una fábrica, Lenin en las calles de San Petersburgo, Lenin hablando a los campesinos. Y todos escuchándole con expresión de estar viendo a la Virgen de Lourdes con perdón por la comparación, pero es que ponían la misma cara que en las estampitas. los pastorcitos.
Desde luego, pienso que la revolución rusa fue una necesidad, porque lo que no era tolerable es que los campesinos , con esas temperaturas, muriesen de hambre y frío, mientras el zar hacía regalos de joyas fabulosas a Alejandra y ésta se dejaba comer el coco (supongo que solo eso) por Rasputín. Y es que Rasputín las traía locas, tenía un atractivo enorme para las damas de la corte, que eran todas de alcurnia. Rasputin , yo he visto allí cartas escritas por él, con unas faltas de ortografía que yo no hago, era un campesino siberiano de una secta que preconizaba que para purificarse y dejar de tener tentaciones carnales, había que meterse en grandes orgías. Hombre, así claro. Hoy yo también tenía mucha hambre de comida y me he chascado una pizza, tres magdalenas, dos tazas de leche con Nesquik tres pastillas de chocolate y no recuerdo que más, y ahora tengo una indigestión de campeonato. Que no me vengan ahora con banquetes, porque saco las muelas de asco. Pues Rasputín empleaba este sistema, y con las damas de la corte se lo montaba como un rajá. Mientras, el zar haciendo el idiota, porque lo era, un blandengue, y encima con la enfermedad del hijo. El pueblo estaba harto, y más cuando se dirigió en manifestación en San Petersburgo ante el Palacio de Invierno. Era una manifestación pacífica, de hambrientos, y el zar hizo cargar a la caballería y allí murieron hombres, mujeres y niños a centenares.
No recuerdo muy bien, pero antes de todo esto había habido un movimiento antizarista, los diekabristi, que es una palabra que viene de Diekabr, Diciembre, que es cuando se sublevaron. Pushkin era uno de ellos. Fue una revolucioncita de intelectuales, precursora de lo de después. Siempre las revoluciones las hacen los señoritos. es curioso esto. El Che también era un señorito, y Lenin un burgués. Y Marx también. Debe ser que la masa es demasiado bruta para pensar, y necesita que la guíen. La masa se deja machacar hasta que viene un señorito que se lo hace notar y entonces empiezan las complicaciones para los que mandan. Siempre ha sido así y siempre lo será. No recuerdo en la historia ningún revolucionario que haya salido de la masa o que haya sido un esclavo. Hasta Espartaco nació libre, era un prisionero tracio.
Bien, dejémonos de disgresiones históricas, y sigo contando. Fuimos a varios edificios que eran sedes de organismos estatales, y sobre todo del Komsomol. Allí unos chicos y chicas nos cantaron con voces maravillosas, en un teatro grandísimo (todo es enorme) , canciones españolas, canciones de la guerra, como Ay Carmela, y todos lloraban. También fuimos al ballet del Balshoi, y a otro teatro donde unos cantantes fabulosos (estos rusos tienen unas voces fuera de serie) que en Occidente serían famosísimo,s, nos cantaron una serie de canciones rusas a cada cual más bonita. Me gustó mucho.
También me gustó mucho una recepcion-coctel que tuvimos, con los veteranos y veteranas pilotos y pilotas de guerra. Había señoras como torres que en su juventud cuando la guerra habían pilotado avion es y estaban llenas de condecoraciones hasta la cintura. Yo no sabía que durante la guerra hubieran participado oficiales mujeres., pero sí. Puedo dar fe, y las tengo retratadas. Hice muchas fotos en este viaje, como en todos.
Lenin estaba omnipresente. En todas partes veía su cara. Había estatuas por todas partes, fotos, insignias... Yo compré una de Lenin cuando era un niño de dos años (lo juro) y mi madre me la chorizó y me parece que en una de las mudanzas se perdió. Pero era una perla. Las otras insignias, de las que me traje un montón, eran más corrientes. La cara de Lenin adulto, muchas hoces y martillos y banderas rojas. Mi madre dijo que no me las pusiera, pero yo no le hacía caso y me las ponía en las solapas de las blusas cuando no me veía. Pero comimos Lenin. Yo hasta soñaba con él. Nos llevaron a un museo donde nos enseñaron los botines de Lenin, el maletín,de Lenin, los libros, el paraguas, los tirantes y hasta los calzoncillos de Lenin. . Joé y qué empacho leninista.
Cuando fuimos a ver su mausoleo, la cola era de seis en fondo. Corría un viento helado y lloviznaba. Yo iba abrigada cual oso. Había gente de lo más variado: Tartaros, mongoles, kirguises, rusos de todas las Rusias y ningún turista extranjero. Al menos yo no ví ni uno en todo el tiempo que estuvimos allí. Debían ir por otros derroteros. Recuerdo que la chica que nos hacía de guía era una profesora de universidad, y llevaba una chaqueta vieja y raída que daba pena. Se volvían locos por la revista Interviu, y cualquier cosa que llegara de occidente y tuviera aspecto ligeramente lujoso. Yo no llevé nada lujoso.Estaba muy en mi papel. Además, hubiese sido una grosería.
También estuvimos en Leningrado, y allí hacía aún más frío, pues está más al norte que Moscú. Vi con horror a un señor nadando entre témpanos en el Neva, y salir y su familia secarle con una toalla. Estos rusos no son de este planeta.
Una de las cosas que mas me impresionó fué la Pietropávlovskaya Krepost. Lo siento, pero hay que decirlo así. Si no ,no es lo mismo. Es la fortaleza de Pedro y Pablo, en un altozano. Servía de prisión para presos políticos, y es la cárcel más espantosa que he visto, al natural o en libros. Parecía concebida por un sádico. Las habitaciones eran amplias, pero a mala uva, porque no tenían más que una gran ventana con rejas pero sin cristal, nunca los hubo, y una estufa medianera entre dos celdas. La cama estaba situada con tan mala leche que estaba en el punto más alejado de la estufa, o sea que si querías dormir en la cama de hierro (no daban mantas ni nada, solo un colchón) te helabas por el viento de la ventana, y si querías calentarte, tenías que dormir en el suelo. Los prisioneros, que tenían más moral que el alcoyano, se inventaron un código para comunicarse entre ellos a base de golpecitos, complicadísimo, que allí nos enseñaron. Pero como tenían tanto tiempo libre, por decirlo de alguna manera, tuvieron rato para idearlo y mucho más. Nos contaron la historia de una mujer, una presa política, que para no tener que estar más allí, se suicidó quemándose viva tirándose por encima el petróleo de la unica lampara que tenían. Murio de las quemaduras. No podían leer ni escribir, ni hacer absolutamente nada. Pushkin estuvo allí, y algún otro intelectual de la época que no recuerdo. Pero si a mí me hubiesen metido allí a los cinco minutos estaba dando vivas al zar y a los huevos de Fabergé del zar. ¡Qué horror!
Volvimos a Moscú como habíamos llegado, de noche y en tren, cruzando la taiga,, que yo creía que sería un bosque de abetos, pero no son abetos, no, sino álamos. Kilómetrtos y mas kilómetros de álamos pelados. El tren era muy bueno. Las literas muy cómodas y no había chinches. La cama del hotel también era muy cómoda, y de almohada baja, como a mí me gustan, pero con chinches. Pero la verdad es que dormía muy bien.
También estuvimos en otros muchos sitios; en un monasterio en las afueras de Moscú que no recuerdo cómo se llama, y que es precioso.El de las blasfemias en las catedrales del Kremlin casi se vuelve loco de rabia. Qué tío.
También estuvimos en un sitio muy emocionante, el cementerio Piskarievskoye, donde están enterrados todos los muertos de la batalla de Stalingrado. Estaba perfectamente conservado, con césped y algunas pobres florecillas, pero muy bonito todo. Había soldados como estatuas custodiándolo en todas las esquinas. Me gustó mucho.
Fué una experiencia muy bonita, a pesar de los chinches, el hambre y los apretujones, porque aquella gente eran unos bárbaros, pero habían sufrido mucho, y aunque eran unos catetos de pueblo lloraban como niños recordando lo bien que los rusos les habían tratado y el cariño que recibieron, a pesar de ser tantos,.y en tiempo de guerra. Mi profe y todos los que he conocido hablan de Rusia como de su verdadera patria, donde encontraron un cariño y una acogida que su madrastra España les negó.