domingo, 24 de agosto de 2008

Y acto seguido se levanta y se pone a saltar, primero sobre un pie y luego sobre el otro.
-Y, decidme- le dice para evitar que siga recitando- ¿seguís con vuestras ideas pacifistas, de no ir a luchar contra mis hermanos de raza y religión, en eso tan hortera que llaman Reconquista?.
-¡Por supuesto que si!. Ya hace tiempo que soy objetor de conciencia, pienso que todos los hombres somos hermanos y me considero ciudadano del mundo. No quiero matar infieles, ni fieles, ni conejos, ni ciervos. Todo eso me parecen salvajadas impropias de seres civilizados. Pero en esta tierra de bárbaros siempre estoy nadando contra corriente.¡Soy un incomprendido!
¡-Yo también!- dijo Omar, aliviado de que al otro se le hubiera pasado la vena poética. Yo añoro el esplendor de Córdoba y Granada, donde la gente es civilizada y se lava con agua perfumada, y sabe leer y escribir, como vos y como yo, donde el clima es suave y florecen los naranjos y huele a azahar y dama de noche...
Y empezó a contar las excelencias de Al-Andalus, pues tampoco era manco Omar a la hora de dar el tostón a la gente hablando de sus añoranzas.Pero al menos no hacía poemas ni nada parecido.
Después de bailotear un rato para calentarse los pies, sentóse en su taburete y se inclinó en la mesa hacia Arnaldo, sobre la olvidada partida de ajedrez. Díjole en voz baja:
-¿Y vos que pensáis de lo que ha sucedido esta mañana?.¿Quién creéis que puede ser el padre de la criatura?
-Pues no tengo ni idea, y se me da un ardite que tío Ñuflo no pueda pasar por las puertas a causa de la cornamenta.. Bien merecido se lo tiene. No se deja a una dama tan joven y bella más de siete años impunemente...Si se ha buscado algún ligue, me parece bien.Además, ella no podía saber si volvería. Igual le mataban Saladino y los suyos...
-Pues las lenguas de doble filo apuntan en una dirección- dijo Omar haciéndose el interesante.
-¿Ah, si?¿y qué dicen? ¿hacia dónde apuntan?
-Hacia la abadía. dijo el sarraceno moreno.
-¡¿Qué decís?!¡¿Algún monje quizás?!
-Sí, sí, monje... la condesa no se entretiene con subordinados...
¿¿No insinuaréis que...???
-Sí, querido, precisamente eso que estáis pensando.....
-¡¡¿El abad???!
-Fray Facundo de Peñafort en persona. ¿No habéis advertido que todos estos años, Doña Leo ha ido todos los sábados por la tarde a confesarse, para al día siguiente ir a misa y cumplir el domingo?
¡No es posible!
-Sí, sí, y y vaya confesiones non sanctas que tenían organizadas ella y el abad. Mirad, los monjes, que son todos unos cotillas, dicen que no la confesaba en la iglesia, en un confesonario como a los simples fieles, sino en privado, en su celda, y que se encerraban con llave. Y que a veces se oían gemidos, que al principio los monjes creían que eran de dolor de contrición, pero que después descubrieron que eran de placer de satisfacción...
-¡¿Será posible?!...¡Cómo está el clero!...
-Sí, amigo, aquí se va a armar la gorda, como Doña Leonor no sepa torear al conde.
-¡Esperemos que sea hábil!
-Esperemos, pues si no pueden correr ríos de sangre.
-Hay que poner paz, Omar, debemos actuar para evitar la tragedia. Hay que pensar algo.
-No se me ocurre nada.
-Ni a mí, pero ya se nos ocurrirá.
-Alá lo permita.
-Dios lo quiera.
-Amén, como decís los cristianos.
-Amén, que no se desate la violencia.
-Y los dos amigos quedaron pensativos, cavilando si podrían hacer algo para evitar la catástrofe.

(continuará)

sábado, 23 de agosto de 2008

Capítulo IV

Patio del castillo. Tranquilidad. La tropa descansa. Ha salido un tímido sol invernal, y bajo su calorcito, en una esquina, están sentados en sendos taburetes de tres patas, frente a una mesita, jugando al ajedrez, Arnaldo y Omar, respectivamente sobrino de Leonor el uno e hijo bastardo del conde el otro, como ya dijimos antes.
-Te toca mover a tí- dice Arnaldo.
-No me atosigues- contesta Omar, malhumorado.
Hay que advertir que este último está ahora fastidiado porque está haciendo el Ramadán, y según manda el Corán, no puede beber, comer ni folgar con mujeres "mientras se puedan distinguir con luz de día una hebra blanca de una hebra negra", y su problema es que tiene que comer de noche tomando por asalto la cocina y zampándose las sobras de días anteriores, y si quiere desfogarse en plan mujeril tiene que pasar la noche en la casa de lenocicio del villorrio, que está bastante mal surtida.
Por fin Omar mueve un peón. Entonces Arnaldo se queda largo tiempo pensativo y podemos observarles con tranquilidad. Los dos son mocetones altos y bien plantados, y como las dos caras de una moneda. El musulmán tiene ojos negros de brasa y cabello como ala de cuervo. Lleva barba y bigote bien recortados y cuidados. Alnaldo es como su negativo fotográfico. Es rubio y de ojos verdes, y va cuidadosamente afeitado. Es hijo de la hermana mayor de Doña Leonor, que, antes hemos olvidado precisar, es de origen provenzal. La madre de Arnaldo, Doña Esclaramunda, natural de Carcasona como su hermana, murió siendo él aún niño. Ambas provienen de una noble familia languedociana venida a menos, y cuando murió Esclaramunda, la madre , que casó con leonés, mandó a buscar al tierno infante criándole como a un hijo conjuntamente con su hija Leonor, pues son tía y sobrino casi de la misma edad. Arnaldo es de gustos refinados y aficionado a la poesía. De niño quería ser "troubadour", pero su familia se opuso a ello, diciéndole que siempre sería un muerto de hambre, que mejor se dedicase a otra cosa, y que como era un desgraciado sin hacienda ni patrimonio, procurase dar un buen braguetazo con villana rica, que a mucho más no podía aspirar. Pero ahora en el castillo el joven sueña con su tierra natal, con el sol y el verdor de su Provenza, que recordaba de chavalín, y aquellos páramos áridos le encogen el corazón, sobre todo en invierno, que aquí es muy crudo. Recuerda cómo en su infancia los trovadores trovaban en su castillo natal mientras él gateaba por ls alfombras, y no olvidó su lengua materna. Se ha hecho amigo de Omar porque tienen en común el no tener casi nada en común con el resto de los moradores del castillo, y eso une mucho. Lo malo es que le da por componer poemas, que luego el pobre árabe tiene que soportar por aquello de la amistad.
-¿ No véis, ya, querido Arnaldo, que se me están durmiendo las posaderas?- gruñe Omar.
-¡Oh, perdonad, amigo!. Tenía la cabeza en otra parte. Al sentir este sol he sentido como un "avant goût" de la primavera y se me ha ocurrido un poema...
-Alá sea loado-murmura Omar pasándose la mano por la frente.
-¿Cómo decís?
-Nada, nada.Pensaba que pronto es la hora de uno de mis rezos cara a La Meca.
-Pues antes me permitiréis que os haga partícipe de mi inspiración. Escuchad que rodolí* que se me ha ocurrido.
Y sin piedad, empieza a recitar:

-"La primavera ha venido y no sé por qué ha sido.
En el camino he visto una flor.
Un ave pasa presurosa hacia su nido.
¿Cogeré la flor para mi amor?"

-Qué horror-, exclama el árabe por lo bajo.
-¿Cómo decis? ¿no os ha gustado?.
-Precioso.Pero moved ya, por las barbas del Profeta, que se me están helando los pies.

*ripio, en catalán.

viernes, 22 de agosto de 2008

(continuación)

El criado vase. Vuelve al punto.
-Perdón, Don Ñuflo. Ya le he mandado al infierno, pero no quiere ir. Insiste en que no podéis hacerle ese feo. Que él ha sido siempre un buen vasallo, que estuvo en la última escaramuza con el infiel y que no se merece ésto.
-¡¡¡Que se las apañe solo, vive el Cielo!!!
Y puso expresión tan fiera que el paje cerró la puerta y ya no volvió a insistir.
-Otra vez será amigo...-le dijo al villano. A lo mejor os quedáis viudo un día y podréis celebrar otra boda...
El villano fuese desconsolado.
El conde Ñuflo salió del apartamento apabullado.
La condesa se quedó en el lecho aliviada. Al menos no la había estrangulado de entrada.
Los castellanos estaban hechos polvo.
El conde salió del aposento de su mujer y se encontró al fiel Clodulfo.
-Señor, venid a vuestras estancias. Os he preparado un baño caliente y yo mismo os quitaré, primero la armadura, y luego la mugre de debajo, pues apestáis.
-Sí, buen Clodulfo.
Este le cogió de la mano y le llevó a una habitación similar a la de su esposa, con un buen fuego y una cama preparada para el descanso.
-Ahora, después de bañaros, os haré traer comida.Y luego os echáis a descansar, que bien lo debéis necesitar.
-Gracias, Clodulfo. Esta noche he dormido mal.
-De nada, para eso estamos.
Clodulfo quitó trabajosamente la armadura al conde y le ayudó a introducirse en una tina de madera llena de agua humeante y empezó a rascar.Cuando después de una hora le hubo a medias despiojado, desollado y quitado adherencias varias, llegó otro criado con varios platos de humeante comida.
El conde, que no había desayunado, se zampó todo y después, en paños menores, cayó redondo en la cama, agotado de cansancio y emociones.
-¡Ay, Clodulfo!. Me parece que hoy me apalanco aquí y no me muevo. Mañana pensaré cómo me vengo, pero ahora estoy hecho migas.¡Vaya regreso!
-Sí, señor, descansad. Hay siglos en que no está uno para nada.
y fuése silenciosamente, mientras los criados retiraban la tina. Luego cerró la puerta despacito y recomendó que nadie entrara. Puso un centinela a la puerta, a guisa de hotelero cartel de "no molesten".

Fin de cap. III. (continuará)

jueves, 21 de agosto de 2008

(continuación)

-¡Pues quién va a ser. tío,!. La condesa, no te fastidia...
El conde se estremece dentro de su armadura y ésta suena como un saco lleno de latas de Coca Cola vacias.
Tercia el Conde Nuño:
-Hijo, no te precipites. Hay explicación para todo- dice, por decir algo, y confiando en su fuero más interno en la astucia femenina en general y la de su nuera en particular.
-¡¿Dónde está Leonor?!¡Quiero una explicación!
A estas alturas, el cruzado ya está ronco.
-Ya os hemos dicho que en su cámara acicalándose, leñe- repite su venerable padre.
Don Ñuflo se dirige a la escalera que sube a los aposentos de su esposa, saltando de tres en tres los escalones.

Mientras, en el patio, la helada y asquerosa hueste descabalga, ayudada por los moradores del castillo, quienes empiezan a preparar unas tinas de agua caliente para que se desalteren, y Don Nuño y Clodulfo callan y se miran, apesadumbrados.
-Malos tiempos, Clodulfo.
-Malos tiempos, Don Nuño.
-Sí.

El conde ya ha llegado. Abre con estrépito la pesada puerta claveteada del aposento de Leonor y se la encuentra en la cama en plan Desdémona, con blanco camisón, la cara entre las manos y la dorada cabellera esparcida y revuelta. Con tanto grito y la subida del marido ya está al cabo de la calle.
-¡¡¡Ayyy, esposo mío, qué desgracia tan grande me ha ocurrido!!¡¡¡Aaaaah!!!-dice lanzando un alarido y mesándose los cabellos.
-¡¡¡Menos cuento, Leonor!!!...¡Uno llega a su casa para descansar, y le recibe un mocoso repelente que le dice que es hijo vuestro!!!
-¡¡Pues ahí está la desgracia!!!¡¡¡Ayyyyyy!!!
Y sigue dando gritos desgarradores.
-¡Basta ya!- dice el conde haciendo un gallo, pues como recordamos al lector, se ha quedado afónico y además viene con faringitis.
-¡¡¡Me habéis deshonrado!!!¡Merecéis la muerte!!- dice rojo de ira.
-¡No ha sido culpa mía, esposo querido!. ¡Una noche de verano entró por la ventana, mientras dormía, un demonio de esos llamados íncubos, que vuelan y se aprovechan de la indefensión de doncellas y casadas solitarias,a las que dejan preñadas!
-¿¿Y tú crees que yo voy a creerme esa historia de demonios voladores??!!.
-Pues es cierta. ¿No habéis oído hablar de los súcubos, que son justo al revés, demonias que perturban el sueño de los monjes y les hacen pecar?. Preguntad sino al abad.
-Mira- dijo Don Ñuflo, un poco más calmado- entre otras cosas porque después de tanta cruzada y viaje estaba cansado. -No me trago que ese monstruo que responde por Gumersindito sea hijo del diablo, aunque por la manera en que se ha dirigido a mí bien pudiera... pero no me creas tan ingenuo...ahora estoy reventado y voy a quitarme estas latas, y ya cuando haya descansado arreglaremos tú y yo cuentas...
La condesa sigue llorando y haciéndose la mártir.
En ese momento llaman a la puerta. Es un paje.
-Toc, toc.
-¡Adelante!- dice desalentado Don Ñuflo.
-Perdón, señor, pero es que está aquí un villano del villorrio y dice que hoy se casa y que si haréis el honor de pasar por su humilde cabaña a ejercer vuestro derecho de pernada...
-¡Para jolgorios estoy yo hoy!...¡Dile que se vaya al infierno!

(continuará)

martes, 19 de agosto de 2008

(continuación)

Esto último lo dijo con tales bramidos que lo oyó todo el mundo dentro, y hasta el fiel sabueso Argos, que dormitaba junto a la chimenea, levantó una oreja. El puente , al tendello, chirría que da grima,(pero entonces engrasarlo habría sido una mariconada), y esto mezclado con los berridos de Don Ñuflo, hace que Argos prudentemente se levante y se meta debajo de la cama.
La condesa ha preparado su "mise en scéne". Cunegunda huye aterrada hacia su aposento.
El conde y su tropa atraviesan el puente y penetran en el patio del castillo, donde todo el personal ha salido a recibirle, con su noble padre al frente, Don Nuño, y su fiel Clodulfo. También está el sobrino de Leonor, Arnaldo, del que nos ocuparemos con detalle más tarde, y Omar, hijo bastardo del conde con escarceo con musulmana. Pero no nos precipitemos.
El patio está hecho un asco. El suelo está lleno de pipís de diversas procedencias, humanas y de las otras., y de boñigas también variadas. Estamos en la Edad Media y no hay retretes, y cuando no hace frío y el puente está tendido se vá al campo, pero ahora hiela y lo que hacen de vez en cuando es echar cubos de agua que sacan de un pozo que hay enmedio y baldean un poco la cosa. Hay varios perros de distintos pelajes y algún gato que pasa presuroso, también a esconderse por si las moscas.
Don Nuño Machacaferro, padre de Don Ñuflo, es un anciano de aspecto venerable y barba blanca, no tan alto y corpulento como su vástago. De nobles facciones, en la cara tiene una antigua cicatriz, recuerdo de la batalla de Las Navas de Tolosa. A su lado está su ex-escudero Clodulfo, criado fiel donde los haya, y que guarda cierto parecido físico con su amo, pero sin barba. Sólo un poblado bigote blanco y unos albos cabellos atestiguan una larga vida, y en su cara redonda y comprensiva se lee la bondad.
Don Nuño está tan nervioso como todos, pues, como el resto, está enterado del pastel y no las tiene todas consigo.

-¡Hijo mío, ven a mis brazos, orgullo de mi estirpe! ¿has descabezado muchos infieles en nombre de Nuestro Señor?
-¡Sí, padre!-contesta Don Ñuflo descabalgando, con la armadura puesta y lanzándose hacia su progenitor, al que abraza, levantándolo un metro del suelo.
-¡¡¡Padre mío!!! ¡¡lloro de emoción!! ¡¡Qué bien os veo!!
El pobre anciano aguanta la arremetida y por fin es depositado en el suelo.
-¡Y Clodulfo, y Arnaldo, y el fiel Omar, y mi leal tropa que cuida mi castillo!! ¡¡Hola a todos!!...
.Bienvenido, amo...-contestan en un murmullo.
-¿Y mi fiel esposa?¡Ardo en deseos de abrazarla!
-Estará esperándoos en su aposento- contesta Don Nuño. Supongo que acicalándose para seros grata a los ojos...
De pronto aparece el cuerpo del delito, nunca mejor dicho, pues llega de dentro un nene de melena dorada,vestido de terciopelo verde, que sin cortarse un pelo se pone delante del Conde Ñuflo y le espeta:
-¡¿Tú eres el jefe de esta monumental pocilga, eh?!.¡Ya era hora de que llegases a poner un poco de orden!
-¿Y tú quién eres, mocoso?-pregunta extrañadísimo el conde.
- Yo soy Gumersindito, el que más manda aquí después de mamá.
-¿¿¿Cóooomooo???!!- ruge Ñuflo. -¡¿Y quién es tu mamá para que mande tanto??

(continuación)