miércoles, 9 de enero de 2008


DE COMO EL GATO SELLÓ UN PACTO CON EL HOMBRE

Hace muchos, muchísimos años, antes de que se construyeran las pirámides y de que el sol se pusiera tras la Gran Esfinge, y mucho antes todavía de que Moisés sacara de Egipto al pueblo de Israel, en Menfis el Faraón se moría.

Había enfermado de melancolía y ya nada le interesaba en el mundo.No tenía apetito, nada conseguía distraerle y deseaba llegar cuanto antes al Reino de los Muertos. Habían traído para él las mejores cantoras y arpistas, las más seductoras danzarinas y las más jóvenes y hermosas vírgenes de todo el país. Hasta habían importado esclavas de los países del Norte, pero nada conseguía sacar al Faraón de su apatía. Su hijo mayor deseaba su muerte, pues se impacientaba por ceñir la doble corona del Alto y el Bajo Egipto; muchas mujeres de su harén también, ya que querían que se sentase en el trono un nuevo señor más joven y fuerte. Pero habia quien le quería:Un centenar dehijos e hijas suyos y su nonagenaria madre estaban muy apenados al ver que su señor iba apagándose sin que ellos pudiesen hacer nada por impedirlo.Hasta vino un famoso médico sumerio pero no pudo conseguir más que los doctores egipcios.

El rey yacía en su cama con la mirada fija en el techo, su cobertor en el suelo. Era una tarde calurosa. Por las salas y pasillos de palacio no corría ni una brizna de aire, y si en alguna ocasión una leve ráfaga de viento venía a agitar las cortinas, era tan ardiente que no era grata su presencia.

Snefru, el Sumo Sacerdote, estaba preocupado. Tampoco él deseaba la muerte del Faraón. Eran casi de la misma edad y se conocían de toda la vida. Se llevaban bien y el poder lo ejercían a medias. En cambio con el príncipe heredero las cosas no marcharían del mismo modo. Pero no veía solución al problema. En estos momentos, en las cocinas reales estaban preparando exquisitos y raros platos con recetas extranjeras para ver si conseguían que el Faraón comiese algo.

Mientras tanto, no lejos de allí, una gata salvaje (entonces todos los gatos eran aún salvajes) estaba en otros apuros. Era la primera vez que iba a ser madre, y, buscando un sitio idóneo para que naciese su familia se había despistado dentro del vasto palacio. Buscaba un sitio tranquilo y no demasiado caluroso, puesen el exterior había pocos lugares al resguardo del terrible sol. Ese año Amon-Ra había extremado sus rigores, y de no haber sido por las siempre frescas aguas del Padre Nilo todos los habitantes de la Tierra Negra (así llamaban entonces los egipcios a su país) hubieran perecido.

Como decíamos, la gata (que por cierto era atigrada, como sus colegas salvajes) empezaba a arrepentirse de haberse metido en aquel dédalo de corredores y salas amueblados de forma nada cómoda para sus necesidades, cada vez más perentorias.

Entró por casualidad en la cámara donde yacía el Faraón, y ¡por fin!. Allí estaba justo lo que le estaba haciendo falta.¡El cobertor, caído en gruesos pliegues en el suelo!. Sin pensarlo un instante más se dejó caer en él con un prolongado suspiro.

Pasaron varias horas, y ya estaba el sol muy bajo en el horizonte cuando Snefru fué personalmente a la cámara del rey con una bandeja llena de exquisitas viandas para intentar una vez más que su señor se alimentase. Después llamaría a las doncellas para que le arreglasen para la noche.

Los guardias apostados a la puerta de la estancia real se pusieron rígidos al paso del Sumo Sacerdote. No habían visto a la gata, pues a causa del calor y del aburrimiento se habían quedado dormidos cuando aquella pasó atribulada. Eran expertos en dormir de pie apoyados en el quicio de la puertay solo a muy corta distancia se podía distinguir que no estaban haciendo una celosa guardia.

Snefru entró con la cabeza baja, desesperando ya de conseguir sus propósitos. Por eso su sorpresa fué grande cuando al mirar al lecho lo encontró vacío. ¿Qué habría sucedido?. Se acercó a éste y su asombro se acrecentó.

-¡Por Ptah!. ¡Mi señor! ¿Qué hacéis en esa postura?

El Faraón estaba en el suelo a cuatro patas, mirando algo que bullia entre los pliegues del cobertor.

-¡Ssssshhhht! ¡Calla Snefru, no grites! ¡Vas a asustarlos!

El Sumo Sacerdote no salía de su asombro. Pensó que su señor había enloquecido, en la última fase de su enfermedad fatal.

-Puedes mirarlos, Snefru, pero no los asustes. Acércate despacito...¡Más despacio , hombre!. Sin brusquedad...

Miró el sacerdote donde el Faraón le indicaba, y allí estaba la gata primeriza ocupándose del aseo de cuatro preciosos cachorros. Les daba cariñosos lametones, pues quería dejarlos limpios y primorosos. Que nadie pudiera decir que era una madre descuidada. Dos de ellos mamaban, y los otros se dejaban acicalar.

-¡Por Osiris!- exclamó Snefru.¿-De dónde ha salido este bicho?.

-No lo sé, ni me importa. Pero mira qué graciosoes, y que bien cuida a sus hijos... Los ha tenido hace un rato, ¿sabes?. Lo ha pasado mal la pobre, pero ahora están todos muy bien...¿Tú que crees que deben comer estos animales, Snefru?. Deberíamos darle algo. Estará muy cansada...

-No lo sé, mi señor. Creo que esto es lo que llaman un gato, pero no había visto ninguno vivo de cerca. Huyen de la presencia humana y sus costumbres son misteriosas.

-Bueno, no te quedes ahí parado... Trae un plato de leche, eso gusta a todo el mundo. ¡Vamos!

-S-s-sí, mi señor.

El Sumo Sacerdote salió de estampida, tropezando conla bandeja de las viandas que había dejado sobre una mesita cuando fué a investigar lo que hacía el Faraón. Se levantó de inmediato, llamando a las doncellas para que recogiesen aquello y trajesen nueva comida. No paró de correr hasta llegar al aposento de la Reina Madre, que estaba tejiendo. Había sido su ocupación favorita desde niña, y ahora que ya tenía los noventa cumplidos, había hecho tantos kilómetros de tela como para ir y volver dos veces del delta a la primera catarata.

-¡Señora, señora! ¡Milagro!...¡Ptah ha hecho el milagro!

-Snefru, tú siempre tan ruidoso,- contestó la noble dama agitando desaprobadoramente la pesada peluca.-Menos mal que ya se ha pasado la hora del reposo y el calor, pues si no hubieras despertado a varios cientos de los hijos de nuestro rey y señor...

Y siguió con su tarea sin hacerle caso.

-¡Señora, es verdad!¡El Faraón ha salido de su impasibilidad, y se ha interesado por algo!

-¡Cómo! ¿Qué es ello?

La Faraona madre se hizo explicar detalladamente el suceso, y, ya en antecedentes, dejó el telar. Acompañada del fiel Snefru se dirigió a la habitación de su hijo, que seguía sentado en el suelo entretenidísimo con la gata . Esta bebía leche en un plato de oro.

Pronto se enteró de la noticia el resto de la familia faraónica, que se agolpaba en los pasillos del vasto edificio. Sus hijos y nietos gritaban alborozados:

-¡Padre ha recuperado la ilusión!

-¡Abuelito se ha curado!- decían cientos de infantiles vocecillas.

Mientras, el Faraón se había puesto su real tocado, cubriéndose la brillante y redonda calva, y Snefru le hacía presentar nuevas viandas que aquel empezaba a picotear, compartiéndolas con la madre gata.

Llegó el heredero, Narmer, quien no podía dar crédito a lo que sus ojos veían. La esposa de éste, que se veía ya Faraona, estaba por los suelos presa de un ataque de nervios. Llegó también el harén del Faraón, que expresó su alegría un tanto forzadamente.

ElSumo Sacerdote, preso de religiosa exaltación, daba a voces gracias a Osiris y Ptah por el milagro.

-¡Hoy es un día grande en la Tierra de Egipto! ¡Gracias a este providencial animalillo nuestro Señor ha recuperado la salud! ¡Gracias sean dadas a los dioses!

Y dirigiéndose a la gata, que miraba todo este alboroto con dorados y burlones ojos, le preguntó:

-¿Y tú, bestezuela enviada por Osiris, qué recompensa deseas por el bien que nos has hecho?

La gata, que no era tonta (ninguna lo es), había sacado rápidamente conclusiones, y pensó que aquello había que aprovecharlo. Ocasiones semejantes no se presentaban todos los días.

-¡Bah!- dijo, sin mirar tan siquiera a Snefru, y atusándose premiosamente la punta del rabo-, yo no necesito recompensas materiales. Al lado de Isis, Osiris, Anubis, Ptah y Horus tengo todo lo que deseo...

Hay que aclarar que los gatos de entonces, aunque aún eran salvajes, conocían bien al hombre y sus costumbres. Es propio de la raza gatuna el parecer ausente de todo y sin embargo no perderse nada de lo que sucede.

-¿Cómo! ¿Conocesa nuestros dioses?- dijo sorprendido Snefru.

-¡Claro!- dijo despectivamente la gata, mirándole de hito en hito.

-¡Oh animal maravilloso!¿No accederías a quedarte con nosotros?. Si te vas, el Faraón volverá a caer en su apatía y morirá...

-Psé...no sé...Ahora tengo familia, y más responsabilidades...Y no debo abandonar al padre de mis hijos...

-¡Tráelo aquí, y viviréis todos como se merecen los enviados de los dioses!.Os prometo que nada os faltará.

-Sí, pero, ¿y nuestros descendientes?

-¡Sereis tratados como dioses hasta que la tierra deje de girar y caigan las estrellas!¡Oh Hija del Cielo!¡Accede a quedarte con nosotros!.

El Faraón, que contemplaba la escena, -así como parte de su numerosa familia, que se agolpaba a la puerta de la estancia- ordenó:

-¡Que venga Imhotep!

Al instante hacía su entrada en famoso arquitecto, hombre alto y robusto, que se inclinó respetuosamente ante el Faraón.

-Imhotep, quiero que construyas un templo para gatos, estos maravillosos animales enviados por el cielo.

-¡¿Un templo para gatos?!- contestó el hombre con los ojos como platos.

-Sí, sí, has oído bien... A partir de ahora los gatos son sagrados en la Tierra Negra. Y no pongas esa cara, no me impacientes, Imhotep...Desaparece y pon manos a la obra-

-Sí, mi señor- dijo éste inclinándose nuevam,ente, y saliendo sin entender nada.

Mientras, la gata se había subido a las rodillas del Faraón, quien la acariciaba, y había empezado a ronronear.

-¡Chist!-escuchad qué ruidito tan gracioso hace... Atiende, Snefru, y tú, madre...Pasadle la mano por encima, qué suavidad... Es como acariciar a un león en pequeño...

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El Faraón recuperó la salud y Snefru la tranquilidad. La gata se trajo consigo a su compañero y éste a sus amigos, que fueron adoptados por los altos dignatarios de la corte. Se construyeron templos donde vivían tranquila y muellemente, y cuando morían eran momificados. Aún hoy en Egipto se siguen descubriendo momias de gatos a centenares.

El hijo mayor, Narmer, descorazonado, se fué a guerrear contra los hititas.El harén se consolo conlos numerosos hijos de Su Majestad, que hacía la vista gorda pues era hombre comprensivo, y su anciana madre tejió aún varios kilómetros de tela.

El Faraón vivió hasta los ciento diez años rodeado de gatos y murió de puro viejo.

Así como vimos que el perro se asoció con el hombre por un pedazo de pan y un lugar junto al fuego, así el gato no consintió a ello sinoaccediendo a la categoría divina. Pero no por esto debemos juzgarle mal, pùes siempre se mostró un compañero cariñoso y útil para el hombre. Guardando su dignidad de cuando fué un dios, el gato hace compañía a muchos ancianos solitarios, igual que alegró los últimos años de la vida del Faraón, y sus crías siguen haciendo las delicias de los amantes de los animales, como lo hicieron de la Real Familia. Si algún gato es salvaje y arisco, seguro es debido a que recibió malos tratos por parte , pues si es tratado con cariño es un compañero tan cariñoso como el perro, aunque justo es decir que menos expresivo y más digno... Pero es que hay cosas, seamos comprensivos...que se suben a la cabeza...

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