
A mí siempre me han pasado cosas extrañas, ya desde muy pequeña. Siempre he pensado que tenía algo de más y algo de menos que la gente normal. Tengo muchas historias sobre cosas inexplicables, y las iré escribiendo. Yo pensaba que no lo haría nunca, porque nadie me iba a creer, pero he cambiado de idea. Poco a poco iré escribiendo las cosas raras que me han pasado, y por las que es imposible que sea materialista y atea. Uno de mis más lejanos recuerdos es de cuando yo tendría unos 4 años. Tenía Corea de Leishmann, que está en Internet clasificada entre las enfermedades raras. Está la Corea de Huntington, que es mortal, pero la de Leishmann no es tan grave. La palabra corea viene de kores, en griego baile. Por eso se llama también mal de San Vito. Se caracteriza por una serie de tics incontrolables en las extremidades y la cabeza, por lo cual no podía salir de casa porque mi madre se avergonzaba y le daba rabia que la gente me mirase con curiosidad o lástima. Me parece que ya dije algo de ésto. Con mi padre y el perro íbamos a dar paseos por la Riera, que entonces venía con agua y limpia, y aquello, desde las 4 campanas y el cementerio, que ahora hay casas por todas partes, era puro campo. Esta enfermedad se llama también Corea reumática, porque produce dolores en las articulaciones de las piernas, en rodillas y pies. Como me costaba mucho dormirme, mi pobre abuela, que dormíamos las dos en una cama grande y desvencijada, me había hecho de punto de lana unas rodilleras y llevaba en la cama también calcetines de lana. Pero el dolor no me dejaba dormir, y la pobre me iba dando masajes donde más me dolía para aliviarme mientras me cantaba canciones catalanas antiguas. Y ahora viene lo bueno. Cuando la habitación estaba a oscuras,la persiana , que era enrrollable y ajustaba bien, no dejaba entrar ni un rayito de luz, y con la puerta cerrada, yo veía en la esquina de la habitación una lucecita pequeña y fija. En esa esquina, yo lo miraba de día, no había nada que pudiera reflejarse, era simplemente una esquina de una pared encalada, y la cal no produce reflejos. Además, por la ventana estaba oscuro, y el resto de la habitación como boca de lobo. Pues me daba tanto miedo esa lucecita, que yo me tapaba la cabeza (menos mal que dormía pegada a la espalda de mi abuela)para no verla, y aún así me daba mucho miedo.Una vez lo dije a mi madre y se enfadó,y me dijo que no dijera tonterías. Como lo dijo tan tajante no me atreví a comentar nada más con nadie lo de la lucecita. A mi abuela no se lo dije nunca, no sé por qué. Ni a mi padre. Pero durante algunos años yo seguí viendo ese punto de luz que tanto me hacía sufrir, sin poder evitarlo. Luego, como vino se fué. Luego, ya más mayorcita, dormía en la habitación de mi abuela, pero en otra cama separada. Habia pasado mi enfermedad, pero creo que me curé de espanto con aquellos años de terror nocturno (no lo soñaba, no, que estaba bien despierta, precisamente la maldita lucecita me quitaba el sueño),y yo ya estaba curada de mi enfermedad, pues entonces de vez en cuando notaba en la cabecera de la cama de madera, por la parte de atrás, que no estaba barnizada, que rascaban en la madera, como si alguien lo hiciese con las uñas. Ya digo que estaba curada de espanto, y me dije a mí misma: "que rasquen lo que quieran". No había ratones, por supuesto, y la cabecera de la cama estaba separada por medio palmo de la pared. Nunca supe lo que producía aquello. Yo de día miraba, y todo estaba muy normal, sin señal alguna. Como vino se fué. Juro que todo esto es verdad, y cuando cuente estas cosas, que creía que nunca me atrevería a contar, procuraré no volver a jurar, pero de todos modos nadie me va a creer.Esto no lo comenté con nadie.
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