viernes, 11 de julio de 2008

Reflexiones inútiles

Ahora acabo de tomarme un helado Haagen Dasz casi entero. Para mi santo le he dejado el culito. Pero es que ya no podía más. En este viaje he engordado tres o cuatro kilos, porque se comía demasiado bien, e inmediatamente me he puesto a régimen. En estos pocos días he liquidado la mitad y hoy ya solo me faltaban dos para recuperar mi peso normal. Desde que he regresado no hago más que comer porquerías: Verdura hervida, fruta, (que no me gusta), queso fresco (es lo mejor), yogures desnatados, que los odio.Los que me gustan son los griegos con miel. O sea, que todo lo que me gusta de veras engorda. Heroicamente he mantenido este régimen . Ayer cené solo de un tomate con maíz y una naranjada. Estas me las hace mi santo, y estan dulcísimas. Seguro que las naranjas no son de Valencia. Las naranjas valencianas no son demasiado buenas, pero las mejores para la exportación, porque tienen cáscara gruesa y poco zumo. Las mejores no se pueden exportar porque llegarían averiadas. Estas son las andaluzas, las mallorquinas del Vall de Sóller y las del norte de Africa. Tienen piel fina y mucho jugo, y son tan dulces que me parece una herejía echarles azucar.Mi santo muchas noches me hace una naranjadita que es bebida de dioses. En el barco nos daban seguramente zumo de las valencianas, que es un poco agrio. Pero comíamos de miedo,las tres comidas como de hotel de 5 estrellas, y yo me contenía un poco porque me daba cuenta de que si me comía siempre lo que más me apetecía no llegaría con 3 kgs. de más, sino con 6 o 7.Fundir 3 kilos es fácil, pero esta tarde he hecho una locura. Estaba derrengada, sin fuerzas y yo pensaba que por ese camino, si no hacía algún extra acabaría con una anemia perniciosa.Pues me he chascado casi todo el helado, y no me arrepiento, pues se me ha ido el sopor y la flojera. No volveré a hacerlo hasta dentro de dos semanas como mucho, sino no podré entrar en los vestidos. Pero yo, forte que forte, seguiré con mi régimen, haciendo alguna escapadita. Cuando comíamos como cerdos en el barco yo siempre decía: "Y en el Senegal pasando hambre", comentario de lo más inoportuno, que sentaba mal a mis compañeros de mesa. Pero que le voy a hacer, la diplomacia nunca ha sido mi fuerte. Yo nunca sería una buena política, pero sí una buena revolucionaria. Entre Cavour y Garibaldi me quedo con este último. Pero la gente piensa poco, y así no se comen el coco como me lo como yo. He leído hoy una entrevista a una política de izquierdas en un diario local (yo también soy como las sandías: Verde por fuera y roja por dentro)y la tía, al preguntarle si pensaba alguna vez en la muerte, decía: "¡Jamás!". Esto me cuesta de comprender.Envidio la fe inquebrantable de los ateos, pero comprendo perfectamente a los agnósticos, que se han resignado a saber que no saben nada, y compadezco a los creyentes, como yo, que pasamos horas angustiosas pensando si la vida no es un gran timo. Luego se pasan las dudas, pero siempre vuelven. Yo, al contrario que la señora esa que no piensa nunca en que un día la espichará , no soy morbosa, pero soy completamente consciente que soy de carne mortal, y cada día pienso que un día me tocará hacer el gran viaje,ese que no sabemos adónde nos conducirá pero que estoy convencida de que detrás de la muerte hay algo. Los cadáveres no me merecen el más mínimo respeto, son como una cáscara de un cacahuete ya comido. A la basura. Debe ser que soy más rara que un águila con vértigo, pero no lo puedo evitar. Cuando la noche es oscura y estoy en el campo (en las ciudades ya no se ven las estrellas, por la polución), y miro el cielo, la Vía Láctea, las constelaciones, que mi padre me enseñó a distinguir, entonces me entra una extraña desazón, como la de una niña perdida enmedio de no sé qué. No me gusta mucho mirar al cielo.

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