jueves, 17 de julio de 2008

Visitas al médico


Cuando yo era pequeña siempre estaba enferma. Bien mirado, siempre he tenido una cosa u otra. Nunca fuí una niña sana, excepto en mi adolescencia. Tal vez, pienso, la naturaleza me concedió salud en aquellos años que eran los de la reproducción, para que mi cuerpo pudiera tener hijos. Pero me casé tarde, a los 29, virgen y mártir. En la posguerra se tenía que ir al matrimonio virgen, y yo, aunque guapa, no sabía atraer a los chicos,pues habia que hacer mucha comedia y fingir cosas que no se sentían, y mi madre me ahuyentaba todos los posibles matrimonios arreglados con los hijos de sus amigas ricas , tanto de Mallorca como de Barcelona.Me acuerdo y con mal recuerdo, cuando yo tendría unos 4-5 años, de aquellas visitas al médico, de aquella sala de espera que tanto miedo me daba y donde tan mal me encontraba. Era como esperar mi ejecución. No había para tanto, pero me aterraba. Iba con mis padres, y yo me sentaba enmedio de ellos, mi padre a mi izquierda, mi madre como una estatua a mi derecha. Mi padre llevaba tebeos del Pato Donald para distraerme, pero yo ni los veía. El se esforzaba en que los mirase y no pensase, pero me era imposible. Mi madre no decía nada, probablemente pensando lo que tantas veces me repitió de mayor: Que le había destrozado la juventud con aquella enfermedad del Mal de San Vito o Corea de Leishmann, en que no podía evitar los movimientos espasmódicos. Ella procuraba no mirarme, tan nerviosa la ponía. Iba al medico con mi padre como un convidado de piedra. no decía nada. Era muy joven, 30 años o así. Era verdad que debia ser muy duro tener una hija así siendo tan joven, y muchas veces perdía los nervios. Mi padre, jamás. A él le quería mucho. A ella no. Nunca me abrazó, ni recuerdo que me diera un beso. En casa de mi madre no eran cariñosos, estaba mal visto tocarse. Pero creo que no tenía muchas ganas de mimarme. Los recuerdos son engañosos, y tal vez sí hacía algo por mí, pero no lo recuerdo. En cambio, todo lo que mi padre hacía para hacerme más leve mi enfermedad lo recuerdo perfectamente. Lo adoraba. Mi madre decía que ella era mi educadora, que él no tenía que meterse en regañarme ni esas cosas. Que ya se encargaría ella. Qué favor tan grande le hizo, sin darse cuenta. Mi padre no me riñó jamás y yo procuraba no disgustarle, pues si alguna vez lo hacía me entraba una pena enorme. En cambio, que mi madre sufriese me daba igual. Me parece que nos queríamos poco. A ella no le gustaban los niños, y a mí tampoco, pero creo que si hubiese tenido hubiera sido una madre tan sobona como lo soy con mis gatas. Mis gatas me lo agradecen, pero me parece que mis hijos hubieran salido huyendo despavoridos de la madre-pulpo que hubiese sido. Los hubiese estrujado, besado y achuchado, pero nunca los deseé. Yo era muy joven y tenía bien claro lo que quería de la vida: Un buen marido pero hijos no. Mis deseos se han cumplido, y estoy contenta, pues yo soy también muy rabiosa, y parecida en ciertas cosas a mi madre, y creo que si me hubieran exasperado les hubiera pegado. Mejor así. Mi madre besaba y acariciaba a sus caniches, pero a mí no. Nunca me dolio eso. Mi madre era la clase de persona, pensaba a veces, que si no hubiera sido mi madre, hubiera huído de ella como de la peste, pues no me gustaba nada. Perpetuamente en pose, mentirosa y otras muchas más cosas que no digo. Cuando murió me miró con mucha ternura, no sé si porque se iba colapsando o porque entonces me quiso. Pocas veces ví en ella esta mirada. Es su mejor recuerdo.

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